jueves, 24 de noviembre de 2011

Más que una suma, una sinergia.


Es inevitable pensar en coros sin que se me revuelva la nostalgia. Han pasado cuatro años desde que por última vez subí a un escenario con mis compañeros para realizar la que considero la actividad más democrática que existe sobre la faz de la tierra y aún no puedo asimilar la idea de que ya no me dedico a ella.

Dejé el coro a regañadientes, "obligada" porque la vida universataria se interpuso entre los horarios de ensayo y yo. Crecer implica tomar decisiones difíciles y esta fue la que me tocó como prueba de madurez; pero, como me dijo hace poco una amiga -a quien justamente conocí durante esos años en la agrupación-, "Se es corista toda la vida".

"Es algo inexplicable", añadió. Y vaya que lo es. La figura más parecida que encontré para intentar describir esta relación con la música coral es la de un novio al que amas perdidamente pero a quien tienes que dejar porque te vas a un país lejano. Aunque estás separada de él, lo sigues amando. Y pese a que consiga a otra persona, recomponga su vida y te deje atrás, seguirá siendo parte de la tuya por tratarse de ese gran amor que tuviste.

Aunque ya no formo parte de ningún coro, mi corazón y mi espíritu siguen cantando cada vez que pienso en esos 3 años maravillosos, en todo lo que aprendí, en las personas que conocí y en la actividad per se.

Además de la satisfacción en el aspecto obvio, la música coral es enriquecedora en cuanto a lecciones de vida: enseña a trabajar en equipo, impulsa la disciplina y responsabilidad, ejercita la memoria, tiende puentes de amistad, entre otras ventajas.

Un coro no es mejor porque tenga a 25 o 30 eminencias del canto, sino por la capacidad y la efectividad de sus integrantes y el director para trabajar en conjunto al momento de montar una obra. Ninguna voz es más importante que la otra. Cada una tiene una función específica que cumplir. Cada soprano, mezosoprano, contralto, tenor, barítono y bajo es necesario para lograr la polifonía deseada. Y ello implica un entenderse, comprenderse y conocerse con el vecino, con el jefe de cuerda, con los miembros de las otras cuerdas y con el director.

En pocas palabras, un coro es hermoso porque más que una suma de voluntades y voces, es una sinergia.

jueves, 6 de octubre de 2011

El molestoso celular


Escuchar a un coro es como una degustación de sabores donde cada partícula sonora acaricia los más caprichosos gustos del tímpano. Es disfrutar de la conjunción de las líneas melódicas en un solo cuerpo musical, una actividad placentera que estimula el orgasmo auditivo.

Desafortunadamente, no todos los que asisten a este tipo de actividades comparten esta filosofía; y como por intermediación de la Ley de Murphy, justo cuando las piezas están su clímax, el reggaeton de moda o un estridente tono que anuncia la llamada de un teléfono celular acribilla el trabajo que ha costado meses de esfuerzo constante y concentración.

He tenido la oportunidad de estar de ambos lados del escenario, como integrante de un coro y como espectadora, y puedo afirmar que no ha existido una sola ocasión en la que un teléfono no haya interrumpido un concierto, dejando entrever que lastimosamente al público guayaquileño le hace falta educación y respeto.

Resulta irritante que los escasos espacios que se destinan para este tipo de manifestaciones artísticas sean interrumpidos en un promedio de diez veces por noche por el fastidioso e impertinente ruido, pese a que los organizadores reiteran que se deben apagar antes de ingresar a la sala.

Una presentación de coros es una actividad que no solo se va a oír, sino a escuchar; por ende requiere de un clima propenso para poder apreciar cada uno de los detalles que conforman las polifonías y disfrutar, por completo, la satisfacción que produce un buen repertorio coral.

Para la próxima ocasión que acuda a un evento de este tipo, verifique con tiempo que su teléfono móvil esté apagado, o al menos, en silencio. Tenga en cuenta que si fuera usted quien estuviese en el escenario, seguramente no le gustaría que echasen a perder el resultado de meses en segundos por la distracción que ocasiona un molestoso celular.