Es inevitable pensar en coros sin que se me revuelva la nostalgia. Han pasado cuatro años desde que por última vez subí a un escenario con mis compañeros para realizar la que considero la actividad más democrática que existe sobre la faz de la tierra y aún no puedo asimilar la idea de que ya no me dedico a ella.
Dejé el coro a regañadientes, "obligada" porque la vida universataria se interpuso entre los horarios de ensayo y yo. Crecer implica tomar decisiones difíciles y esta fue la que me tocó como prueba de madurez; pero, como me dijo hace poco una amiga -a quien justamente conocí durante esos años en la agrupación-, "Se es corista toda la vida".
"Es algo inexplicable", añadió. Y vaya que lo es. La figura más parecida que encontré para intentar describir esta relación con la música coral es la de un novio al que amas perdidamente pero a quien tienes que dejar porque te vas a un país lejano. Aunque estás separada de él, lo sigues amando. Y pese a que consiga a otra persona, recomponga su vida y te deje atrás, seguirá siendo parte de la tuya por tratarse de ese gran amor que tuviste.
Aunque ya no formo parte de ningún coro, mi corazón y mi espíritu siguen cantando cada vez que pienso en esos 3 años maravillosos, en todo lo que aprendí, en las personas que conocí y en la actividad per se.
Además de la satisfacción en el aspecto obvio, la música coral es enriquecedora en cuanto a lecciones de vida: enseña a trabajar en equipo, impulsa la disciplina y responsabilidad, ejercita la memoria, tiende puentes de amistad, entre otras ventajas.
Un coro no es mejor porque tenga a 25 o 30 eminencias del canto, sino por la capacidad y la efectividad de sus integrantes y el director para trabajar en conjunto al momento de montar una obra. Ninguna voz es más importante que la otra. Cada una tiene una función específica que cumplir. Cada soprano, mezosoprano, contralto, tenor, barítono y bajo es necesario para lograr la polifonía deseada. Y ello implica un entenderse, comprenderse y conocerse con el vecino, con el jefe de cuerda, con los miembros de las otras cuerdas y con el director.
En pocas palabras, un coro es hermoso porque más que una suma de voluntades y voces, es una sinergia.
